Roman Polanski descubre a su inicialmente poco sofisticada e inculta mujer, como a una diosa bajo la que cualquier hombre puede sucumbir, con una mirada felina y una sensualidad agresiva, que domina en todo momento a su creador, arrodillado voluntariamente ante la protagonista de su creación.
La adaptación onírica de una adaptación literaria pone en escena el dilema de la dominación y la sumisión, la creación artística y la ensoñación, la realidad y el deseo, el hastío de la rutina y la búsqueda de la belleza.
En un contínuo forcejeo, el del deseo acaba pudiendo sobre la razón, los instintos sobre la contención.
La bipolaridad del creador, le permite situarse en ambos lados del espejo, sádico y masoquista por igual, por fin abandonado a sus instintos.
Mathieu Amalric da vida a un psicólogo en una empresa filial multinacional. Su trabajo ocupa la el primer puesto en sus prioridades, por encima de una mujer a la que ama pero a la que no es capaz de demostrarselo.
Frio y decidido, no vacila en preparar medidas para ajustar el número de empleados de la empresa, despidiendo bajo sus propios criterios a más de 1.000 personas. No se cuestiona la repercusión de sus actos, la cuestión humana, hasta que no se le designa para investigar al Director General de la compañía.
A partir de ese momento, los sentimientos de culpa y remordimiento de la persona a la que sigue los pasos y las de su entorno, se mezclan con sus propios sentimientos. Un horrible pasado relacionado con el holocausto nazi, abre los ojos del ejecutivo, que siente como suyos los sentimientos de dolor, provocados por actos contra la humanidad.
Reencuentro familiar a la europea, como ya vimos en otras grandes obras como Festen.
Arnaud Desplechin rueda una emotiva historia de desencuentros, de odios escondidos y amores ocultados.
El montaje ayuda a digerir el melodrama de dos horas y media, con suaves transiciones para la misma secuencia, asi como otros recursos como esporádicas voces en off, monólogos delante de la cámara, lecturas y representaciones de textos, flashbacks,...
Destacan las actuaciones del siempre enigmático Mathieu Amalric (Le scaphandre et le papillon) y de la grandiosa Catherine Deneuve.
De la novela de Jean-Dominique Bauby, traducible como "La escafandra y la mariposa", el poco prolífico pero talentoso Julian Schnabel (debe darle gracias Javier Bardem por el papel de Reynaldo Arenas, y curioso paralelismo entre su persona je en Mar Adentro y el de Mathieu Amalric) construye un complicado relato sobre un hombre atrapasado en su propio cuerpo, intentando liberarse de la escafandra con lo poco que dispone, su imaginación y su memoria, para acabar saliendo de su capullo como una mariposa, libre y antojadiza.
Mi querido Max von Sydow protagoniza la secuencia más desgarradora del film; "no llores" dice Jean-Dominique Bauby en varias ocasiones, pero él mismo llora, dentro, pero llora.
Voluntad frente a agonía, humanidad que sustenta a la fe, amor por la vida, por la libertad.
Hoy siento que toda mi existencia es una cadena de pequeños yerros. Mujeres que no fui capaz de amar, oportunidades que no pude aprovechar... ... momentos de felicidad que dejé escapar... Una carrera cuyo resultado me era conocido de antemano... ... pero en la que he sido incapaz de apostar al ganador. ¿Estaba ciego o sordo? ¿O necesitaba una desgracia para ver mi verdadero ser?